El encuentro de Lionel Messi con Donald Trump resulta doloroso. Messi es el mejor jugador de la historia, uno de los hombres más famosos del mundo que, luego de muchos traspiés, había logrado la aprobación casi unánime del pueblo argentino: después de Qatar 2022 rompió cualquier grieta.
Sin embargo, el saludo y las risas cómplices con el tirano más grande del planeta volvieron a poner el foco en su actitud, esta vez no futbolística, sino personal.
La crítica también al jugador de la liga norteamericana de fútbol alcanzó a otros lugares del mundo: fue una desilusión para quienes creen en la paz, rechazan las guerras y sienten empatía por las víctimas de una guerra ilegal, injusta e injustificables.
Trump es una de las figuras más nefastas de la política mundial. En medio de bombardeos, amenazas y tensiones internacionales, la imagen de Messi sonriendo con el máximo responsable de este terrible contexto es muy triste.
Si fue por intereses empresariales, compromisos deportivos o cualquier otra razón,poco importa,
nada justifica semejante gesto. Es que si hablamos de poder, alguien que no es filósofo y sabe mantenerse lejos de las roscas políticas, Juan Román Riquelme, dijo alguna vez: “Poder es que te quiera la gente”. Y Messi es, sin dudas, uno de los hombres más poderosos del mundo. Podría haber encontrado una excusa y ausentarse del encuentro.
Sin embargo, eligió abrazarse con ese poder, ignorando el contexto de violencia y sangre derramada.
Nadie le pide a Messi que sean Maradona. Lo único que queríamos es que el máximo exponente de nuestro país en la actualidad no avalara esta masacre, que abogara por la paz. Todavía está a tiempo: una declaración pública, un arrepentimiento, un pedido de disculpas, algo. Ya no será lo mismo, pero por lo menos dolería un poco menos.
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